10 de julio de 2009

Ley de vida y norma social

Si posees, pues vives.

Si consumes, pues vives.

Si sigues modas, pues vives.

Si generas ruido, pues vives.

Si llamas la atención, pues vives.

Si no reflexionas, pues vives.

Si acatas las normas difíciles, pues vives.

Si violas las fáciles, pues vives.

Si te dejas llevar, pues vives.

Si todo te es indiferente, pues vives.

Si lees y haces lo que todos, pues vives.

Si piensas como los demás, pues vives.

Y si vives sin saber que estás vivo, o lo que ella, la vida, o tú, podríais ser, ... en efecto, entonces también vives.

...

Yo, desde luego, prefiero la "muerte".

22 de junio de 2009

En la orilla: llamada, verano y cárcel



La llamada era inevitable. La esperaba, no por desearla, sino debido a que suponía, tal vez, la última. Una postrera llamada, la que cerraba el círculo, el de un lustro veraniego bajo aquella garita de manpostería, a orillas del mar Mediterráneo. Uno de los sueños ansiados está presto a adquirir sustancia (ya lo conocen, quienes por aquí se pierden... ); el otro lo marca, quizá, esa misma llamada, la que ha hecho presente recuerdos del pasado, y ha marcada el cambio para el futuro.

La idea era proseguir con mis escapadas rituales, mis chanzas primitivas, que llevo realizando desde este pasado solsticio invernal en todos los "21", cada tres meses. En esta ocasión era "una noche en el Monte Pelado" (tomo prestado el nombre, claro, de la pieza de Mussorgsky, que siempre me ha fascinado): brazos en alto, frente al ser brillante; completamente desnudo, dejarme llevar mientras seguía el declinar del emperador de la luz. Luego, noche en la cima, más astros, luces, oscuridad, nocturnidad (física y espiritual, para quien lo entienda...) y, a la espera, aguardar la primera aparición solar del estío. Ése era el plan para ayer.

Sin embargo, la llamada truncó todo. El viaje, el rito, el éxtasis y la purificación. No hubo catarsis, ni clímax espiritual. Me requirieron, yo acepté y cambié el acto soñado por una acción mundana. Canjeé el pico dorado y las canciones de las estrellas por ruidosos vehículos y gritos de turistas ávidos de playa; el aroma de mil plantas y árboles y el fluir de aguas puras corriente abajo por olores a gasolina quemada y residuos líquidos putrefactos. Lo extraño es que pude impedir, o postergar, mi entrada en el calabozo; algo que no conozco debió impedírmelo. Tal vez sabía lo que se hacía...

De no haberse producido la citación, la invocación, mil millones de actos, acontecimientos y elecciones hubiera podido tomar o realizar. Hubiese podido hacerlos, en efecto, si el mundo (o, hagámoslo más fácil, yo) fuese otro, si la conexión entre deseo y hecho tuviera un proceso de consumación distinto, no económico, financiero o monetario, si la forma en que entendemos lo que es y lo que quiere ser fuese igualmente diferente. Pero todo esto es inviable. Lo es, al menos, en mi caso (y en el de, sostengo, muchos otros).

Para quienes habitamos siempre cerca del marco del cuadro, lindando con él, apenas visibles, entre el límite de lo que nos permiten ser y lo que en verdad somos, poca elección nos queda más que resistir. Es como si estuviésemos frente a la orilla de un mar gigantesco: algunos ceden, y son arrastrados por el oleaje, ocultos por la bruma de las olas al romper, y tragados por el fuerte reflujo en una espiral compresiva sin fin; otros se adentran, nadan, bucean, refrescan cuerpos y mentes, pero sin dejarse atrapar. Y hay algunos que, como yo, se ven impelidos durante breves espacios de tiempo a tragar agua salada, a aletear con los brazos y chapotear en busca de un asidero que nos salve de ese temporal naufragio individual. Al fin escuchan nuestro auxilio, y nos rescatan, aunque en el proceso el salitre ha llenado nuestros pulmones y necesitamos cura de reposo, desintoxicación y reformateo del disco duro. Un nuevo pautado, para volver a nuestro mundo.

La imagen del beneficio, del billete y los ingresos debería (esto para mí me lo digo, los demás que decidan a su aire) debería morar a lo lejos, como un barco visible en la distancia absorbido por las brumas de la mañana. Contamos con fuerzas suficientes para, quienes así lo quieran, rechazar el ansia (recordemos que nunca es una necesidad) del "querer más" o su homólogo, el "tener más". Vivimos con poco, pero vivimos por y para mucho más de lo que unos números en la cuenta corriente puedan brindar. Lo que cuenta siempre está dentro, lo que revela quiénes somos y hacia dónde podemos ir nunca vendrá de fuera; reside, hondo, protegido y armado, en oscuros intersticios de nuestro interior. Jamás lo decidirá posesión o exterioridad alguna; los ricos lo son antes de nacer, y nunca perderán su tesoro; los pobres, por mucho que acumulen, que sumen y adquieran, permanecerán en su miseria.

La sumersión puede ser ligera, cauta, conocedora de sus propios límites, o autodestructiva, descendiendo hasta los abismos, hundiéndonos hasta la médula. Las aguas pueden traicionar, incluso al nadador más experto.

El ansia de bañarnos puede acabar ahogándonos. No lo olvidemos.

(Fotografía de Nano71)

13 de junio de 2009

Bifurcación y disyuntiva



Todos lo hacemos a diario: mientras conducimos, cuando cerramos los ojos, al despertar, tras abrazar a quienes amamos... La elección, ya sea doméstica, mundana o espiritual, determina, sin darnos cuenta, lo que vamos a ser (o lo que va a ser de nosotros). Nuestras resoluciones marcan un rumbo, un destino, una meta... el éxito y el fracaso. Las hay fáciles (y suelen ser las importantes), que se toman siguiendo más un instinto que una reflexión. Otras, sin embargo, requieren de dilatados y obtusos (y, muchas veces, completamente vanos) pensamientos sobre sus ventajas e inconvenientes.

Estoy decidido a decidirme. A punto para moverme, girar y echar a andar. Creo que sé hacia dónde debo ir. Rectifico: estoy seguro de ello. No me cabe la más mínima duda. Ya no. El pasado trajo titubeos, la incertidumbre propia del novato, que arranca miedoso el motor mirando de reojo al examinador, antes de meter la primera marcha. Ahora sólo hay firme convencimiento. Desde luego, uno puede acabar estrellándose al fondo del barranco; es lo que tiene el arriesgarse. Si no nos ponemos frente al volante nosotros solos, si no tratamos de vencer la desconfianza, siempre tendremos la certeza de la cena caliente, del plato de sopa y el vaso de leche. Pero la carretera no aguardará eternamente. Y la noche acaba pronto.

El sendero está abierto, dividido. Sus tres ramales parecen diverger hasta el infinito, y sin embargo, nacen en un mismo punto. Difieren, aunque sean hermanos. Semejan, al principio, ser idénticos, pero pronto modulan su forma, y vierten en su trayecto distintas nociones de vida. Adelantamos un pie. Nos detenemos. Volvemos atrás. ¿Hacia dónde vamos? Tal vez para responder a esta cuestión necesitemos contestar antes a la de "¿De dónde venimos?". O quién sabe si será al revés...

Pero toda respuesta y toda pregunta ante una disyuntiva vienen a ser como el maquillaje excesivo de una mujer; sólo le resta la belleza que ya posee. La terna de posibilidades no se nos presenta para la elucidación filosófica o la meditación personal; está ahí para correr riesgos, para pervertir la cómoda disposición de nuestras existencias. La seguridad sólo se mata con la indecisión, pero ésta genera a su vez aquella, si somos osados y lo permitimos. Echemos, pues, una rápida mirada a lo que se nos ofrece.

En mi caso (si se me permite exponerlo), la tríada muestra un abanico plural y antagónico. En uno de los ramales veo infinidad de huellas frescas. Muchos han transitado por allí, y hace bien poco. Es el sendero del trabajo de nueve a tres, fines de semana libres; contempla coches recién comprados, hipotecas a pagar durante décadas y pisos propios (es decir, de los señores bancos); best-sellers sobre la mesita de noche, cenas y vacaciones en la playa en agosto, y ... (ponga usted aquí lo que quiera). Quien lo desee, ése es su camino. Lo entiendo, aunque quizá ellos no entiendan que no, que, por nada del mundo, es el mío.

Entonces, ¿cuál es el mío? Quizá lo tenga justo delante. Tal vez es ése que presenta matorrales y malas, malísimas hierbas, cuyo desdibujado trazado apenas permite entrever hacia dónde dirige su materia. Hace mil años que nadie holla su terreno; alguien pisoteó sus flores un día lejano, mas hoy ningún alma se atreve a adentrarse en el páramo sin compañía, sin su 'gps', sin todo lo demás. ¿Es el camino del solitario, del anacoreta con harapos y petate a la espalda, del ermitaño gruñón, del cascarrabias del pueblo? Quizá. Pero tampoco por él debo yo penetrar (o tal vez ya lo haya hecho y no lo he percibido... siniestra posibilidad).

Bien, no queda más que una alternativa. Es fácil, en consecuencia, la elección. No obstante, no percibo nada. Veo el camino en mi mente, pero no existe en la realidad. Carece de sustancia, de entidad. Únicamente distingo la entrada; el resto está en nieblas. ¿Será porque, como la falsa democracia que se cierra en torno a un sucio bipartidismo, la tríada no permite más que dos opciones, aunque señale con fingida franqueza su diversidad?

Yo no lo sé, pero la decisión es inevitable. Ni el camino de nadie, ni el de muchos. Ni el sendero de lo ya sabido, ni el del absoluto desconocimiento. Ni blanco ni negro, dulce o amargo. Ni el de la vida o la muerte. Sólo un camino, el mío. Sólo un hombre. Avanzo un paso. "¿Qué habrá más allá de esa espesa niebla?", me pregunto. Y, claro, no tengo más que una forma de averiguarlo.

Volveremos a vernos. Supongo...

(Imagen: Steward Watt)

8 de junio de 2009

Gregarismo insípido

"En el mundo no se puede elegir más que entre la soledad o la vulgaridad."

Arthur Schopenhauer.

2 de junio de 2009

Conversión artrópoda



Anoche tuvo lugar un suceso extraño. Vivir enmedio de corrientes naturales y bosques de naranjos es disponer de un río constante de hechos singulares, a poco que eches un vistazo a tu alrededor. Las hormigas, de quienes hablábamos hace poco, sufrieron ayer una transformación radical; de lentas, afanosas y pacientes, ancladas al mundo bidimensional, mutaron hasta convertirse en aladas, turbadas y confusas criaturas de la noche, que vagaban en las alturas hacia un destino desconocido. Una metamorfosis ontológica en toda regla.

Y esto, ¿por qué? Me parece que nadie lo sabe exactamente. Unos dicen que la proliferación de tales instrumentos para el vuelo en nuestras amigas predicen lluvias a largo plazo; otros que señalan aguaceros ya padecidos. Algunos sostienen que estos insectos siempre han sido así, alados y de abdomen hinchado, y que constituyen los "machos fertilizantes", que escapan de la atracción del nido con el fin de aparearse con las reinas de la especie y, de este modo, difundir su carga genética hasta mayores dominios. Y, por último, los hay quienes afirman que las alas aparecen sólo justo cuando hay que fecundar a las reinas, en una especie de "vuelo nupcial", y que con anterioridad los machos alados eran simples hormigas corrientes.

No importa, la explicación no esconde el misterio. Porque lo hay, en efecto. Primero, no podemos (o al menos yo no) dilucidar la desconcertante y, absolutamente rigurosa, sincronización de sus movimientos. ¿Cómo pudieron abandonar sus refugios bajo tierra tan gran número de animalia en tan poco tiempo y, además, simultáneamente? Porque, doy fe de ello, en un instante apenas merodeaban un par de ejemplares y, acto seguido, eran (literalmente) miles y miles de individuos los que llenaban el aire húmedo del crepúsculo. ¿Quién ordenó su salida al ruedo? ¿Cómo supieron, con sus diminutos cerebros, cuándo debían dejar atrás el nido y elevarse, todos a una, en busca de la reina de sus sueños? La biblia genética no da para tanto. Hay que encontrar una razón, pero de momento ésta se nos escapa...

Por otra parte, podemos preguntarnos también por qué motivo seguían, en general, una misma dirección. Cierto que había ejemplares algo confundidos, quizá desorientados ante tanta profusión de raudos hermanos, pero la mayoría guiaban su danza hacia la declinante luz solar, que emergía apenas por encima del horizonte. Sin embargo, las luces artificiales eran mucho más intensas, como las de la ciudad vecina, y de ser su movimiento una obedencia ciega a las imposiciones de la iluminación deberían haber marchado en pos de la urbe, más bien que hacia el astro amarillo.

Pero hay algo más, un aspecto que me fascina de esta singular transformación. Aunque no estrictamente, las hormigas son seres bidimensionales. Es decir, en general viven conociendo, únicamente, los movimientos hacia delante y atrás, y hacia la derecha e izquierda. Desde luego, cuando ascienden por una pared dan cuenta de la tercera dimensión, pero para ellas bien podría no suponer gran diferencia, dado que en su trepar la noción de "arriba" o "abajo" carece de significado. Su reptar vertical viene a ser lo mismo que gatear por una superficie horizontal.

Mas, al transformarse, cuando un don natural les configura para la vida en las alturas, las hormigas entran de lleno en una nueva dimensión. Ya pueden abrazar el mundo que les estaba vedado, la magia del errar por encima de sus semejantes. Ya son seis las direcciones que pueden tomar, tres de ellas instantáneamente. Algo que nosotros también podemos hacer, aunque limitados a la piel de la superficie planetaria. La mutación permite un ámbito de exploración desconocido, un universo de espacio que creíamos inexistente. ¿Seremos nosotros también algún día seres alados? ¿Nos desembarazaremos de la crisálida que nos mantiene unidos al mundo terrenal y, a modo de mariposas humanas, tomaremos conciencia de esa "otra dimensión" allende las tres (cuatro, y entendemos que el tiempo también lo es) ordinarias? Esta idea, hoy ridiculizada y caricaturizada por gurús y líderes de la Nueva Era, puede tener trás de sí mucho más de lo que suponemos. Si no, preguntad a las amigas hormigas...

Sabios de la antigua China, los maestros shaolín, observaban los insectos y animales para aprender de ellos comportamientos y conductas, sus movimientos y virtudes. Examinando lo que ellos son, y en lo que se transforman, mejoraron sus vidas y adquirieron mayor entendimiento del vínculo que, como siempre decimos, nos une a esas criaturas. Quién sabe si tal vez la conversión de las hormigas en seres alados, esa metamorfosis ontológica, nos está indicando algo que está por llegar: un cambio, la transmutación esperada, la erradicación de la ceguera, y el descubrimiento de lo que mora en las alturas.

(Dibujo de María Wenicke)

30 de mayo de 2009

'Northern Exposure' (Doctor en Alaska): episodio 3x16, "Los tres amigos"



Escapada. Andanza. Correría. Salida. Despedida... Aventura.
Riesgo. Osadía. Imprudencia. Insensatez. Locura... Existencia.



El volante quema las manos. O, quizá, son éstas las quienes queman aquel. En todo caso, urge salir. Urge apretar el acelerador, inyectar gasolina en el carburador y arrancar. Moverse. Nacer. Ir allí.

El motivo nos es indiferente. Siempre (o nunca) lo hay. Está en potencia, como una posibilidad, mas no como certidumbre. Lo que cuenta es el deseo, la necesidad. La huida hacia allá. Eso siempre se respira, está en acto, como envolviéndonos, por tiempo infinito.



Durante el camino abundan los momentos de reflexión. Ante el fuego, sobre la nieve, mientras avanzas, cuando dispones la manta y la almohada... Suele asaltar entonces, sobretodo si son ya algunos los años que llevamos encima, la nostalgia, una melancolía (exenta de tristeza) por los tiempos previos vividos: de unión, amistad, separación, olvido, muerte y renacer. Preguntas acerca de por qué no se hizo tal, por qué hubo de suceder cual... por qué las cosas no se arreglaron a tiempo, cuando éste todavía existía. No hay reproches, sólo cuestiones que murieron sin poder resolverse. Y anhelas volver atrás, retrasar el devenir, para cambiar el curso de las cosas, para hacerlo bien, para evitar la derrota y el fracaso. Pero la rueda nunca para, desde luego, y no hay vuelta atrás.



"-Dormí como un bebé bajo un manto de estrellas...". "-Sí, nada como una noche al raso para sacudirte las pitañas de la civilización". Quien no ha probado a cerrar los ojos sin techo alguno por encima de su rostro desconoce su propia historia. Desconoce dónde partió. Y, en consecuencia, hacia dónde va. Cambiamos las copas de los árboles por toneladas de cemento; ramas que traslucían estrellas por ventanas que las oscurecen; vientos y ventiscas que hielan la sangre y endurecen rostros y espíritus por confortables sistemas de calefacción. Perdimos perspectiva; nos perdimos nosotros mismos. Sólo en el regreso al hogar nos reencontraremos con lo que somos.



La Aventura conlleva luces y sombras. Alegrías y desdichas. Sublimes momentos de locura, de enajenación mental radical, en donde conspira el Cosmos entero para mancillar tus ilusiones, y otros en donde la satisfacción y la dicha abruman por la perfecta ofrenda que se presenta ante ti. Sin solución de continuidad, el júbilo y la aflicción se dan la mano. Nos pueden apalizar, podemos perder el rastro del camino, llegar a un destino no previsto, abroncar sin descanso al compañero, incluso desear estar a miles de kilómetros de allí, perder de vista lo hecho y dicho. Y, sin embargo, son los instantes de tristeza, de amargura, de rabia e impotencia, los que dan valor al viaje. Conforman un universo de sensaciones y recuerdos inigualable. Mientras los ratos buenos se diluyen de la memoria como pintura en un estanque, los desagradables se convierten en la médula de la Aventura, la sustancia de la que aquella toma forma, y por la que será siempre recordada, y estimada.



Maurice y Holling sabían que debían hacerlo. La excusa fue la muerte de su amigo. Pero podría haber sido cualquier otra. Recordemos que el motivo no importa. Lo que cuenta es desear. El anhelo, un ansia que recorre el espinazo y nos lleva a recorrer kilómetros de "lodazales en pendiente, con riscos enormes, tajos y desmontes a uno y otro lado". Como animales, como salvajes domesticados por la urbe, la sociedad y la sociabilidad, los dos amigos emprenden la huida, para encontrarse cara a cara con sí mismos. El tercer amigo no descansa en una caja, porque el tercer amigo ya no es tal; perdió su condición al morir. "The three amigos" narra la aventura de Maurice y Holling, sí, pero no de Bill, que apenas importa ya (ni para su ex-esposa, ni para los que fueron sus amigos, ni para nadie, en realidad). La tercera figura, la que completa la tríada, no tiene más esencia o nombre que nuestra querida Madre. Ella es la amiga. No hay otra, ni jamás la hubo.



La Aventura llega, ya, a su fin con una lírica y armónica pieza del gran Willie Nelson, "Hands on the wheel", que invita a un "regreso al hogar", pero no tanto el que esperamos a nuestra vuelta a la "civilización", sino como el que, como siempre decimos, sigue aguardando allá, en la espesura, presto para el próximo encuentro. Porque nosotros, como Maurice y Holling, no dejamos atrás el mundo para penetrar en la naturaleza, sino que abandonamos la ciudad para entrar en el mundo, el único que existe, el único que cuenta.

Como lobos esteparios que surcan tierras yermas o heladas, tundras o bosques, buscando su sitio en el mundo, buscando el mismo mundo, y aullando mientras corren, como ellos, nosotros lanzamos el anzuelo al río del tiempo. Somos como Buck, perro domesticado que se vuelve salvaje, o Colmillo Blanco, lobo salvaje que acabó siendo domesticado. Caminamos, descubrimos y nos aventuramos hacia lo que desconocemos, para tomar parte de la vida, para estar vivos, y en el transcurrir de la misma nos transformamos, nos convertimos en lo que no éramos, y somos lo que nunca soñamos que seríamos. Pero, cuidado, porque la vida puede perecer, puede morir cuando dejamos de interesarnos por lo que (y por los que) nos rodean, cuando la indiferencia y la apatía se instalan en nuestro hogar, cuando miramos al mundo como si ya no nos pudiese brindar nada más, como si ya todo estuviese visto y revisto, vivido y disfrutado. Buck y Colmillo Blanco saturan su vida de sensaciones, mutan, y se elevan sobre sí mismos. No limitan su existencia a lo que son, sino que abarcan lo que a priori no les es dado. Lo buscan, lo persiguen. Y, finalmente, lo logran. El "qué", cómo llenamos la vida, y con quiénes, ya es decisión nuestra.



Maurice, Holling... y Ella. Un trío perfecto, compenetrado, complejo y vital. Los dos primeros ya desean verla otra vez, sentir que entran de nuevo en sus dominios. Ella, también, ya les aguarda, ansiosa, abierta... Se acerca, pues, la reunión entre los tres Amigos. Por cierto, nosotros, todos nosotros, también estamos invitados. Quién no acuda a la cita ya sabe lo que es...

20 de mayo de 2009

La ermita



Tras las brumas matinales el sol, al poco de nacer, empieza a desgastar las nubes bajas gracias al efecto de sus brillantes fotones. Comienza, también, el canturreo de aves invisibles y, abajo, mezclado con el rumor de motores, se oyen voces y risas de seres extraños. La ermita despierta, somnolienta aún, agradeciendo el frescor nocturno. Sus blancas paredes, reformadas varias veces aunque con roca madre alzada allá por 1460, no traslucen su historia; no hablan de la infinidad de individuos que han orado dentro o en sus alrededores, la caterva de curiosos que se le han acercado, los brutos y desagradecidos que han ensuciado, pintarrajeado u orinado en sus tabiques, o la turba de adolescentes que han hollado sus muros externos mientras caía la noche, a la búsqueda del primer beso o, quizá, de la consumación del acto lúbrico.

El calvario del camino principal, que da acceso a la ermita, parece marcar un valle de lágrimas, el martirio en vida que todos debemos padecer. Sin embargo, allá arriba no se aprecia malestar alguno, mortificación divina o tristeza terranal. Más bien al contrario; emerge, y embarga, el sentimiento de plenitud, de gozo, de éxtasis, si bien no religioso, ni piadoso, sino secular y mundano.

La mesa es un bloque rectangular de hormigón armado; en su superficie conviven agujas de pino, hojas, algún insecto despistado y boñigas de pájaros indiscretos. Una sinfonía de sonidos, agudos todos ellos, distintos pero continuadores de un patrón desconocido, son audibles justo por encima nuestro. En ocasiones cesan de improviso, todos a una, como si coincidieran en dedicar unos instantes a la reflexión antes de continuar la conversación. Entonces sólo se percibe el tintineo del campanario, que anuncia el paso de un tiempo inaprensible. A lo lejos, como fuera del mundo, ves cierto ajetreo: camiones pesados que arrastran tonelajes de rocas y residuos; palas gigantescas que excavan la tierra, y pequeños individuos que corretean de un lugar a otro, señalando, dirigiendo, destruyendo...

Un algarrobo brinda algo de sombra cuando la luz del mediodía castiga la piel. La ermita empieza a sudar. Justo detrás mío hay un tapiz de hierbas idóneo para dejarse caer en él y, cerrando los ojos, contemplar y contemplarse, sentir y sentirse. Pero no puedo; he de regresar. Por suerte, dentro de poco ya no será necesario. No habrá que volver a ninguna parte, porque tu casa estará justo a tu lado, vayas adonde vayas.

No obstante, ahora he de irme. Porque, además, parece que alguien llega. Puede que sea ella. Ella, sea quien sea, le llamen como le llamen, viva donde y como sea. Ella, a quien, pese a todo, aún aguardo. Una mirada, una sonrisa, y todo hecho. Mas... no, no es nadie. Creí que existía, que se acercaba, pero era, pobre, un simple perro callejero. Solo, perdido y abandonado... La partida ha empezado. Yo he de seguir por donde vine. Y continuar como hasta ahora. ¿Solo, perdido, abandonado? Sea, si ése debe ser mi suerte.

Alea iacta est.

(Fotografía de Tonio Castells)

15 de mayo de 2009

Bestiario de amigos



En realidad puede que ellos, y ellas, no me tengan como amigo; pero sin duda yo los percibo, y aprecio, como tales. Incluso, más que amigos, podría hablar de hermanos y hermanos, primos lejanos y familiares desconocidos, pero de cuyos vínculos sanguíneos me siento afortunado, y honrado. De hecho, ya lo sostienen ahora los biólogos, y lo presentían poetas y místicos de todo tiempo y lugar: la vida, por sublime o insignificante que nos parezca, tanto la que se arrastra en forma de babosa o la que cruza elegante la sabana como leona en busca de presa, guarda un sustrato común, un compañerismo de estructuras y funciones. Pese a sus variaciones, pese a su diversidad aún no agotada, el aliento que estimula a un petirrojo, un sapo, una avispa, una bacteria o un hombre posee un mismo origen, y nos convierte a todos, a ellos y a nosotros, en cofrades, en colegas de lo vivo.

Mis amigos, ellos, los de allá fuera, no suelen exigirme nada. No piden, nunca, nada a cambio de su amistad, bien porque no pueden, bien porque no se les ocurriría hacerlo. Sólo están a mi lado, y comparten espacio, tiempo y sintonía comigo, aunque vayan siempre a su aire, por mucho que me inmiscuya en sus vidas, aunque les ayude, aunque los fastidie. Unos creen que es por desinterés, por apatía, por incompatibilidad de "intelectos", pero se debe, como sabemos nosotros, a que entienden lo que significa ser amigos: hablar, manifestarse, hacerse notar, en definitiva, sólo cuando es necesario. Y, el tiempo restante, compañía silenciosa, fidelidad independiente, lealtad metafísica.

Así son ellos, y ellas, pero detallemos un poco más. En primer lugar, por tamaño, proximidad animal y cariño ancestral, mencionaré a esas criaturas peludas, domesticadas o no, que podemos encontrar de ordinario a pies de los humanes. Felinas o cánidas, nos acompañan a muchos de nosotros en nuestro devenir, haciéndolo más llevadero, agradable y rico. Del ala gatuna no es pertinente hablar aquí (merecen notas aparte... ¿pero qué digo?, ¡libros enteros!). Y del clan de los chuchos, dejo constancia, por ahora, de mi admiración por esos gigantes, inteligentes y serenos perrazos como los pastores, labradores, san Bernardos y huskies, entre otros pelajes similares. De ojos sagaces, saben cuando señalar peligro, cuando callar, cuando se les necesita y en qué momento intervenir. Lo más parecido a un humano; pero menos arrogante, más sincero y de mayor catadura moral y espiritual. Un tesoro, para quien sepa disfrutarlo. No quiero olvidar, desde luego, a otros mamíferos: conejos, jabalís, alguna rabosa, incluso ratas y ratones (a quienes mi amiga felina suele atrapar con donaire inigualable) y murciélagos, alados y fantasmagóricos seres que dotan a la noche de su encanto especial.

Pasemos a anfibios y reptiles. Las serpientes seducen como casi ningún otro animal. Su ondulante serpenteo por los polvorientos caminos, su oculta presencia entre matorrales, su leyenda mitológica, su majestuosa fuerza... por no hablar de su peligro, don natural tan letal en ocasiones como salvador en otras. Misterio puro, hecho biología. Y qué decir de las ranas y sapos, permanentemente húmedos (por su hábitat, que no se me despiste nadie...), croando con esos guturales y profundos sonidos que rompen las horas nocturnas y cálidas de meses de tiempo benigno.

De las aves pasaré de puntillas, pues no puedo hacerles justicia alguna aquí. Sólo mencionaré dos ejemplos paradigmáticos: primero, las águilas, o los halcones, forma absoluta de libertad, escrutando desde las alturas y planeando con su aerodinámico vuelo, cadencioso, insuperable; cómo las envidiamos los pobres que sólo podemos hallar la tierra firme y soñamos con el dominio de las corrientes y el control de la gravedad. Y, segundo, por supuesto, los búhos, maravillas de la noche muda que abren el silencio con sus ululares, remitiendo a imágenes de castillos encantados y condes chupasangre. Sus ojos amarillos, enormes, parecen examinar el corazón de almas nocturnas y nos recuerdan los muchos enigmas que las horas de tinieblas aún encierran.

Y cerraré este breve bestiario animal con los insectos, reino inabarcable y múltiple, fascinante para unos, repugnante para otros. Hablemos de las hormigas: criaturas, en singular, torpes hasta la mayor estupidez, pero turba indomable cuando grupo unido, eficientes e invencibles. Me hago a un lado, o levanto el pie, cuando encuentro esas densas hileras de hormigas desfilando en línea recta, siempre a la menor distancia posible entre origen y destino. Y, a veces, paso largos ratos siguiendo sus evoluciones tras un pedazo de magdalena que me cayó al suelo, o al desmenuzar un pequeño insecto volador que, accidentalmente, halló la muerte en mi porche. Es un espectáculo relajante, instructivo y gracioso, nada mejor para terminar el dia. A las arañas, por su parte, las dejo anidar tranquilamente en mis habitaciones; corretean con sus ocho patas en pos de buenos enclaves entre las esquinas, elaboran sus telas de acero y adornan los altos con ellas. Una mujer obsesa por la limpieza de inmediato acabaría con sus construcciones a escobazos, pero yo prefiero verlas, o presentirlas, allá arriba. Las abejas, por último, me abruman y me dejan perplejo, ante el ritual de movimientos, oscilaciones, bailes y danzares de que hacen gala. Su función es vital, su importancia capital, los frutos de su trabajo, sabrosos y nutritivos, nos benefician, alargando y enriqueciendo nuestro vida. Y, sin embargo, casi siempre salgo de nuestro encuentro cariacontecido, triste y herido: parecen oler algo raro en mí, me perciben, o como una amenaza, o como un caramelo, pero en todo caso la picadura final (con la pertinente defunción del animal) es un patrón habitual. A veces me inoculan en la testa, otras en pies y manos, puede que hasta penetren en las posaderas y dejen constancia allí de su rabia por mi conducta hacia ellas. No les guardo rencor alguno; al contrario, veo dichos rifirrafes como una especie de conducta amorosa hacia mí, y aunque temo el próximo picotazo, también lo deseo, hasta cierto punto. Acepto críticas por masoquismo, desde luego...

El mero perfil de una montaña, el curso de un pequeño río, las dunas de una playa, incluso nuestras calles, limpiadas de alimañas, y los campos, convenientemente rociados con pesticidas, conservan trazas de este muestrario biológico. Hacia lo alto, bajo la tierra, en el interior de rocas, en las aguas, junto a nuestra cocina, o en la palma de la mano si queremos. Ningún planeta conocido hasta ahora, y los puede haber a millones (quizá a billones) dispone de nada similar. Ni el más mínimo rastro de algo vivo. El milagro está aquí, a nuestro alrededor. Y, pese a todo, aún persiste.

4 de mayo de 2009

Epístolas sin destinatario



Hubo un día en que quise ser cartero. Estudié para ello, aprobé la oposición y, por poco, no acabo convirtiéndome en tal. No había, por entonces, alternativas que estimularan, opciones ante las que elegir, ni destinos a los que acudir. La escritura persistía como anhelo, y llamada, y conseguía hechizar, pero la razón instaba a conseguir algo más sólido, más estable, algo para toda la vida. Debía ser cartero, porque no servía (ni sirvo) para nada más.

El oficio tenía, bajo la óptica idealista, elementos seductores. En primer lugar estaba el cometido social, el papel a jugar en la trasmisión e intercambio de información, sentimientos, alegrías y desdichas, que aquellos paquetes postales contenían. Yo era el mensajero, el Hermes de las palabras, acarreando un fajo de folios destinados, quizá, a cambiar la vida de sus destinatarios. Además, recorrería la ciudad (o, mejor aún, los pueblos) a pie, atravesando avenidas, descubriendo calles y corredores desconocidos, ampliando la urbe bajo mis botas. Vaciaría la saca de buena mañana, mientras aún dormía el grueso de la muchedumbre, cargando el carro hasta los topes. E iniciaría, poco después, el itinerario marcado hasta depositar la última carta en su casillero. Un trabajo sencillo, placentero y solitario, sin superiores a los que rendir pleitesía hipócrita ni sonrisas forzadas.

Si no soy un porteador de misivas entre individuos anónimos, si no acarreo pesadas losas de papel escrito e impreso es, sencillamente, porque la llamada nunca se hizo. No fui elegido, no me sumaron a la lista, y con ello, el tráfico epistolar que ansiaba transportar fue relegado al olvido. Creo que fue para bien, visto con la distancia (soy pésimo recordando nombres de calles, no sé ni cómo se denominan las que encuadran mi barrio, y tampoco creo que pudiese haber durado mucho tiempo, dada la competencia o el amiguismo). Cuando, hoy, veo a los carteros peregrinando a lo largo y ancho de la ciudad (algunos ya motorizados, para denostación de su profesión), no me invade un sentimiento de envidia, sino de cierta indiferencia. Ése ya no es mi camino, si es que lo fue alguna vez. Perdí el tren; ni él paró por mí, ni yo me apresuré a subir de un salto. Algo debió impedírmelo.

Hoy el correo ha perdido su encanto. Abrimos el electrónico y nos inundan con porquería publicitaria, mensajes impersonales y fríos; bajamos al buzón y sólo recogemos (vaya, recogen...) facturas, sobres de entidades bancarias, propaganda electoral y, si tenemos suerte, algo realmente emocionante como un catálogo editorial o una revista de decoración. Nada de misivas de amistades antiguas, o amores perdidos. Nada de la riqueza epistolar de antaño, nada de palabras, nada de sentimientos; sólo datos, cifras, doctrinas, reclamos y falsedades. Casi mejor, pues, no ser medio de transmisión de tan pobre paquete emocional y humano.

Los diarios son epístolas dirigidas a nosotros mismos. Hoy no tienen entidad, mañana son un tesoro. Quien lleva ese recuento personal de los días, el trasunto escrito de nuestras vidas, sabe que el destinatario es el futuro. El nuestro. Escribimos los quehaceres cotidianos, reseñas de libros, apuntes, recordatorios, reflejamos deseos, amores y odios, llenamos páginas y más páginas con sangre que mana desde muy adentro, y al fin de cada día ansiamos que llegue la noche siguiente para volver a plasmar lo que significa para nosotros vivir. Y pensamos, con felicidad (o con pánico), qué será de nosotros a los ochenta, cuando abramos esa hoja amarillenta con los caracteres de nuestra juventud y releamos lo que hicimos, lo que sentimos y lo que fuimos. Mi mayor fortuna, más allá de mí mismo, son esas dos decenas de cuadernos que yacen en la balda del estante. Si el hogar sufriera un incendio, dichas cuartillas sería lo que único que desearía en verdad salvar de las llamas (aparte de mis padres, desde luego...).

Los diarios son, pues, cartas que no tienen receptor real en la actualidad. Aún está por llegar, por existir. Como las botellas lanzadas al mar del extravío, en cuyo mensaje interior figura un texto para alguien que, tal vez, lo lea al morir su autor, nosotros, los que redactamos un diario, también sabemos que habremos muerto al abrirlo de nuevo en el porvenir lejano. Ya no seremos lo que somos, ya no existiremos como ahora. Seremos, siendo nosotros, otros. Quizá tan radicalmente distintos que ni nos reconoceremos. Vértigo hacia lo que somos hoy, y hacia lo que podemos llegar a ser. Una carta abierta a nuestra propia eternidad.

(Imagen: "Communiqué", álbum de Dire Straits [1979], detalle de la portada)

25 de abril de 2009

Papiros vitales



"Si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo?... Un libro tiene que ser el hacha que rompa nuestro océano congelado"

Franz Kafka

21 de abril de 2009

'Northern Exposure' (Doctor en Alaska): episodio 3x20, "La última frontera"



La muerte y la vida están tan ligadas, tan necesitadas la una de la otra, como el día y la noche, o el amor y el odio. Entre aquellas pervive la aventura del vivir, sentida (y padecida) por cada uno de nosotros según el transcurrir de los tiempos y el talante que nos es propio. La muerte degüella esperanzas, aniquila lo que más apreciamos y erradica parte de nosotros mismos, cuando acontece a nuestro alrededor; la vida, que nace hoy e inunda el devenir de esas mismas esperanzas, abre puertas, brinda destinos insospechados y nos permite encarar un futuro apenas presentido.



Desde luego ambas, vida y muerte, son complementarias. Si vivimos una y padecemos otra (o quién sabe si, realmente, será a la inversa...) es porque cuando uno muere la vida adquiere parte de su alcance, quizá el más relevante de todos, tal vez su sentido propio, el momento definitivo y definitorio; y porque la vida, sin la idea y el tic-tac que anuncia, en fecha y lugar desconocidos, a la hermana vestida de negro (color bellísimo, sin duda), precisa de la misma partida final para sentirse como tal; con la muerte al acecho, fieles a ella, estamos vivos, con la vida ante la muerte podemos gozar de ésta.



Jesse es (fue, será) un Oso; Jesse es La Aventura; Jesse es el Riesgo; Jesse es la Vida; Jesse es la Muerte. Jesse, en definitiva, somos nosotros, todos los que vivimos, los que nos atrevemos, aquellos que no dan el paso atrás. Osados, algo temerarios también, no nos gustan calzadas asfaltadas, los senderos vitales bien señalizados, marcados y usualmente andados. Su muerte, la de Jesse, supone la rotura con la vida, que sólo puede suturarse viviendo, sintiéndose vivo. El cómo es cosa de cada uno. La reconstrucción del amigo usino, erigido en una mole huesuda completa a excepción de una garra (trincada por el otrora cazador) es el símbolo, huelga decirlo, que une la muerte con la vida. Pero, además, conlleva otro obvio mensaje: lo que ya no existe pertenece al pasado, y para vivir (es decir, para poder también morir) hay que pertenecer al presente. Holling, consciente, reteje la vieja costura abierta a su manera, como lo haríamos muchos: yendo en busca de Jesse (o sea el otro Jesse, el de verdad, el que aún existe, el que siempre ha existido). Recoge sus bártulos, llena el petate y, antes de despedirse, consuela a Shelley, como casi siempre desconcertada, con las siguientes palabras: “Esto es algo que tengo que hacer. Por sí mismo. Para mí mismo. Yo solo”.



Naturalmente, lo que halla Holling en su travesía por el desierto sólo él (y Jesse) lo saben. Suponemos que se reencuentra con la vida (repito, sí, con la muerte), que vuelve a sentirla dentro de sí, y que también percibe como ese mal paso, ese momentáneo error de posición de su pie derecho, puede hacerle perder aquella para siempre (ganando, pues, la muerte). Y lo menciona, a su vuelta, como un logro, una dicha enorme: “Shelley, había olvidado por completo lo que significa arriesgarse, cuando un paso en falso podía significar lastimarse, o morir. Había olvidado lo bien que te hace sentir eso”.



Y, después, como en un sueño, describe lo que significa vivir, lo que uno siente cuando vuelve, después de tanto tiempo, a encontrarse con Jesse. Mientras Shelley no entiende absolutamente nada (ella, pobrecita, aún pertenece al mundo de la vida, sólo a éste mundo), Holling explica (lleno de moratones, rasgaduras y con el brazo en cabestrillo) que Jesse, el Oso, está por todas partes. En la Cueva de la Viudas, adonde él había ido a buscarlo (cueva, sin duda, a la que uno entra pero de la que no se puede salir, a Dios gracias); en las montañas, bajo los océanos, y hasta en lo profundo del espacio. Ése es Jesse, sin duda. Está allí... y aquí, aquí ,dentro de nosotros (le sentimos, ¿verdad?)



No es difícil descubrirle. En absoluto. Mora a nuestro alrededor, casi a la vista, y nos llama continuamente. De nosotros, como siempre, depende que vayamos (o no) a su encuentro, ahora mismo, o bien tras aguardar una vida entera (que, ya sabemos, quizá no será tal si así lo decidimos). Holling, por supuesto, ya ha ido a por él, a por su Amigo, fiera peluda y gigantesca. Y, desmenuzado nuevamente en pedazos de hueso, como eternamente debió vivir (es decir [y ya no lo digo más], morir), lo entierra bajo tierra. Jesse permanecerá vivo (o ...) siempre que tengamos presente su misión, siempre que su imagen reaparezca en nuestra mente cuando haya que elegir entre la vida y su homóloga del otro mundo.

Jesse ha cumplido con su papel. Llegó, vio, y ganó. Holling, también. Ahora nos toca a nosotros.

17 de abril de 2009

Nimbos, cirros y estratos



Los que dormimos abrazados al Mediterráneo gozamos de muchas prerrogativas que otros, rodeados por tierra firme, sólo pueden imaginar de forma vaga, y degustar cuando se acercan hasta aquí. Pero, desde luego, ellos poseen a su vez muchas gracias que únicamente allá, en las secas y amplias extensiones castellanas, pueden ser satisfechas. Palmario es que, tanto ellos como nosotros, siempre andamos detrás de lo que carecemos. Ellos, privados de estaciones templadas y playas infinitas; nosotros (yo, quiero decir), mermados de cielos amplios y oscuros, páramos interminables y almas visibles, mejor, desde largar distancias.

La primavera es tiempo de imprevistos, de inversiones que mutan la normalidad. Tan pronto descarga afiladas lanzas líquidas, que dañan nuestros sorprendidos cuerpos, como castiga pieles y rostros con fotones de fuerza sobrenatural. Ora sacamos los paraguas, ora nos desabrochamos la chaqueta, o nos quedamos en manga de camisa, para después acostarnos recubiertos de mantas por la fresca brisa nocturna.

En uno de esos días, impagables e irrepetibles, inusuales aquí, uno no quiere dejar de mirar alrededor, absorbiendo la danza y recordando para siempre la ofrenda servida. Quienes sean amos de su tiempo (yo, nuevamente privilegiado, soy de tales) puede hacer muchas cosas en momentos así, pero si el cierzo arrecia o calienta el poniente, no hay mejor oficio que ajustarse las gafas de sol (siempre olvidadas en el cajón inferior de la cómoda), recostarse en la hamaca antediluviana y examinar el paso, rápido o lento, de las agrupaciones nubosas que destacan entre el azul, casi negro, del firmamento. ¿Elogio de la ociosidad? En absoluto. Elogio de la vida, nada más y nada menos. Y quien no entienda de qué va el cuento, que deje el libro y coja el mando a distancia. Para ellos está.

Las hay a miles, todas similares, todas distintas, todas únicas y con su carácter particular. Recuerdan caras, semejan animales, formas extrañas que sólo existen en imaginaciones febriles, plagios de una realidad recreada pero inexistente. En una jornada de mistral se perfilan, destacadas, contra la oscuridad diurna, y algodonadas, parecen esos dulces de azúcar tan habituales en las ferias. Corren, a veces, a grandes velocidades impelidas por vientos imperceptibles, y otras se estancan durante una eternidad en la misma posición, como negándose a avanzar pese a los evidentes flujos de aire que medran a su alrededor. Colas de caballo, yunques, mamas diminutas, jirones nebulosos como vestidos rotos tras un apasionado encuentro, grandes manchones grises, cúmulos de pequeños copos nubosos, estrías apenas perceptibles... un único vistazo y percibes que, por mucho que se esfuerce, un artistas jamás podría imaginar tanta belleza y diversidad.

Y, si al ocaso las montañas te lo permiten, o si madrugas para ir junto a las olas mientras amanece, la visión puede provocar efectos secundarios inesperados. Los cirros teñidos de rojo al despuntar el alba, o esos ocres que iluminan los cúmulos cuando el sol moribundo dice adiós al día... no hay representación mejor. Te sientas, pagas la entrada (que desde luego es gratuita, e inexistente), y empieza la función. Puedes irte cuando quieras, puedes quedarte hasta que tus ojos se fatiguen de tanto mirar; puedes pensar, meditar y reflexionar mientras la ceremonia perdura, o abandonar la mente y cuerpo para ir más allá de él, al contemplar hipnotizado esa gama de colores portentosa.

Y (aunque pueda parecerlo), no estamos practicando la pedantería, o la prosopopeya de oferta. Hacemos apología de este recital con actores etéreos, de este concierto de instrumentos mudos, porque pensamos que la vida merece ser vivida con él. Sería denostarla, menoscabar su valor y alcance, si nos privamos de estas dádivas exclusivas.

Nuestro linaje es afortunado. Miro a mis gatitos, recién engendraros a partir de una apreciada madre y un padre desconocido, y sé que jamás podrán embelesarse ante una puesta de sol enrojecida, o mientras los mamatus recorren el cielo tras una lluvia débil. Ellos tienen su propia dimensión cognitiva, y aunque yo carezca a mi vez de su potencial olfativo o visión nocturna, hay realidades a nuestro alrededor que, siendo perceptibles por ambos, ellos ignoran. Privilegios de ser lo que somos. Podemos seguir cambiando de canal, o apretar el acelerador para llegar pronto a casa y descansar del horrible día laboral, o podemos detener un momento el mundo y premiarnos con el ocaso que, hoy mismo, reduce a nada preocupaciones, desdichas, discusiones y manías.

Está allá, frente a nosotros. La posibilidad de admirarlo es lo único que se nos pide; la volición, el ansia, el anhelo, debe correr de nuestra cuenta. Y dejamos en sus manos, en las de Ella, el resto (la totalidad). Nunca se exigió tan poco a un hombre por tan inenarrable espectáculo.
 
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